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  • La autora Rosa Sala Rose

    Autor:

    Rosa Sala Rose es licenciada en Filología Alemana y doctora en Filología Románica. Tras dedicarse a la edición de clásicos alemanes, en la actualidad es investigadora y ensayista especializada en historia cultural alemana.

    Más información

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Lili Marleen, canción de amor y muerte

Lili Marleen, canción de amor y muerte

Sinopsis

La canción Lili Marleen, cantada por primera vez por la alemana Lale Andersen y lanzada a la fama internacional por Marlene Dietrich, es considerada por muchos la banda sonora de la Segunda Guerra Mundial. A partir de un poema escrito todavía en la Primera Guerra Mundial, acabó convirtiéndose en la tonada favorita de los soldados de la Wehrmacht gracias a una insólita serie de casualidades. Seguramente fue el único fenómeno cultural del Tercer Reich que quedó fuera del control de la propaganda de Joseph Goebbels. El escritor norteamericano John Steinbeck incluso se preguntó si no habría sido “la única contribución positiva de los nazis al mundo”. Aun siendo la canción del enemigo, Lili Marleen también fascinó a las tropas aliadas, que la consideraron su botín de guerra. Pero la historia de Lili Marleen no termina aquí, pues en la posguerra aún iba a dar origen a la muñeca Barbie y a inspirar una notable película de Fassbinder. A través de una humilde canción, este ensayo histórico, tan ameno como riguroso, recorre la historia alternativa del siglo XX.

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Texto de Muestra

Fragmento de Lili Marleen. Canción de amor y muerte De Rosa Sala Rose […] Capítulo 3: La identidad de Lili Marleen La identidad real de aquella Lili Marleen que, años después, conseguiría cautivar tanto a los soldados de la Wehrmacht como a los tommies ingleses y a los GI’s norteamericanos, suscitó muchas dudas desde el momento mismo en que, ya convertida en canción, se hizo famosa. Hans Leip, el único que podía conocer la verdad, intentó desde el principio salir al paso de esas dudas divulgando el episodio autobiográfico que acabamos de relatar –la historia de Betty-Lili y de la enfermera Marleen—, primero en entrevistas y conversaciones privadas y más tarde, en 1979, con la publicación de una autobiografía donde aparece un relato detallado. Es comprensible esta curiosidad por la identidad de la inspiradora de la canción. Después de todo, una de las peculiaridades de Lili Marleen es que se trata de una obra con nombre propio; y no sólo nombre de pila, como tienen cientos de canciones –pensemos en Laura de Frank Sinatra o en Roxanne de The Police— sino también apellido, y en eso reside precisamente otra de sus extrañas ambivalencias: Lili Marleen representa una feminidad abstracta e idealizada, pero, al mismo tiempo, posee una personalidad específica que promete ser histórica, única e intransferible, como lo es toda criatura llamada a la existencia mediante un nombre propio. De esta canción se hicieron cientos de versiones y parodias: pronazis, antinazis, humorísticas, triviales o dramáticas. Su letra fue transformada, maltratada, sustituida y adulterada hasta extremos inconcebibles: en casi todos estos casos, lo único que sobrevivía del poema original era el nombre que Leip le había dado a su misteriosa mujer. Así, la canción entera se materializa en estas dos palabras que, como por arte de magia, le proporcionan consistencia y la vuelven inconfundible. Lili Marleen: un nombre corto, eufónico y lírico, pero también muy preciso. Un nombre que deja entrever una existencia real. Dado el enorme éxito de la tonada, la búsqueda de la verdadera Lili Marleen se convirtió para muchos en una obsesión. En abril de 1969, un diario de Burlington (Carolina del Norte) anunciaba que “un periodista retirado de Alemania Occidental se ha dedicado al hobby de registrar todas las mujeres que afirman ser la Lili Marleen original. Hasta ahora la lista es de 243”. Fueron cerca de 250 las que se presentaron en la convocatoria organizada por la revista alemana Erika en 1942: bajo un titular sensacionalista –“Erika ha encontrado a Lili y a Marleen”— la revista llegó incluso a publicar la foto de dos candidatas, pero Hans Leip no confirmó la identidad de ninguna. Según el relato del compositor serbio Mirko Silic, habría sido el propio Hans Leip quien, unos años después de la guerra, puso un anuncio en algunos periódicos de Berlín pidiendo a las verdaderas Lili (Betty) y Marleen que salieran a la palestra. “¿Y sabe qué pasó? –dijo Silic—: Hans obtuvo 2.280 respuestas para Lili y más de 6.000 para Marleen.” Como irá siendo habitual en el transcurso de la historia de la canción, las versiones difieren, las exageraciones brotan por doquier y las cifras se hinchan y bailan. Fuera quien fuese la “verdadera” Lili Marleen, no cabe duda de que los adoradores de la canción siempre tendieron a identificarla con la cantante que la personificó. Y en un principio, esa identidad estaba reservada, sin lugar a dudas, a la artista alemana Lale Andersen, la primera intérprete de la canción y la que consiguió llevarla a la fama con su voz. Con ella más que con nadie Lili Marleen puso de manifiesto su tremendo poder fagocitador. La criatura virtual a la que Leip había dado vida con un nombre imaginario usurpó literalmente la personalidad de su cantante, encarnándose en ella hasta el punto de que, durante la guerra, sus fans, soldados en su abrumadora mayoría, le exigían que firmara los autógrafos con un “afectuosamente: Lili Marleen”, omitiendo su verdadero nombre artístico. Y cuando los soldados le escribían desde el frente (bastaba que en el sobre pusieran “Lili Marleen, Berlín” o, simplemente, “Lili”, para que las cartas llegaran a su destino), no era a ella a quien contaban sus penas, sino a la criatura ficticia que encarnaba. ¿Qué debía de sentir Lale Andersen cuando recibía desde el frente cartas como ésta?: Querida Lili Marleen, tengo 24 años, hace un par de meses que combato en Rusia. Había oído muchas veces su canción antes de que me enviaran al frente. Ayer cayó mi mejor camarada. Antes de morir, me pidió que le cantara Lili Marleen por última vez. Tampoco cuando sale al escenario puede sacudirse Lale Andersen a esa segunda mujer irreal que la absorbe y la suplanta: no es ella, sino Lili Marleen la que canta. No importa dónde actúe o dónde aparezca, en todas partes se la identifica con la misteriosa y etérea mujer de la farola. Cuando en 1950, un periodista londinense se dirige a ella con “Lili”, Lale Andersen replica: “Por favor, no me llame así, ¿quiere? ¡Todos lo hacen!”. Sus posteriores intentos de retomar el contacto con el repertorio cabaretero de los años veinte y treinta y, así, de no cantar esa canción siempre fracasan estrepitosamente: el público se la exige. Lili Marleen es, como admitiría resignadamente la cantante, su Schicksalslied, la canción que marcó su destino. Perder su identidad y ver el resto de su extenso repertorio condenado al olvido por obra y gracia de una “simple canción de amor” no fue fácil para una mujer con la denodada ambición artística de Lale Andersen; por otro lado, también era sombríamente consciente de que, como a Leip, era su alter ego Lili Marleen, y no su talento, lo que le había dado por fin aquella fama que tanto había perseguido. Fue una alianza simbiótica, pero amarga. Lale Andersen había sido poseída por un personaje, por una criatura sin historia. Un mero nombre al que, como en una posesión sobrenatural, ella sólo prestaba su cuerpo y su voz. Pero también un nombre sin cuyo dominio la mujer real se habría visto abocada a un olvido irremediable. Como Rainer Werner Fassbinder supo plasmar muy bien en su película Lili Marleen, hay algo de pacto fáustico en esta posesión. Un poco más adelante, la guerra de propaganda —que enfrentó a los contendientes de un modo casi tan implacable como la de verdad y que tuvo a Lili Marleen como una pieza fundamental de su armamento— daría lugar a una nueva figura de identificación que terminó por ganar la partida, en la medida en que aún hoy, aunque muy especialmente en Norteamérica, se la asocia mayoritariamente con la canción: Marlene Dietrich. La incorporación de Lili Marleen al repertorio de canciones que preparó para animar a los soldados norteamericanos era altamente simbólica. Después de todo, la Dietrich –alemana americanizada—era para muchos alemanes la traidora por antonomasia. Desde su hogar norteamericano se había resistido a las tentadoras ofertas que le hizo el Tercer Reich para regresar a su patria y acabó adoptando la nacionalidad de su país de acogida. Y, junto con ella, también Lili Marleen dio el salto al frente enemigo y dejó de ser alemana para convertirse en patrimonio internacional. Sin embargo, el hechizo y el talento de la Dietrich habían logrado imponerse mucho antes de que la canción fuera asociada a su voz. A diferencia de lo sucedido con su colega Lale, no fue Lili Marleen quien poseyó a Dietrich, sino Dietrich a Lili Marleen. En un libro escrito todavía durante la guerra, Berlín Hotel 1943, la judía exiliada Vicky Baum noveló premonitoriamente esta identificación: en el Berlín machacado por las bombas, la prostituta Tilli le ofrece a su nuevo pretendiente, un joven piloto de permiso, la oportunidad de escuchar música “degenerada” y, por tanto, prohibida. Tilli decide ponerle la célebre canción que inmortalizó a Marlene Dietrich como cabaretera Lola-Lola en el clásico cinematográfico de Josef von Sternberg El ángel azul (1930). ’¡Oye! ¿Qué es eso?’ –pregunta el muchacho. ‘¡Es Marlene!’ –dice Tilli. Pero el aviador no está de acuerdo, y silba unos cuantos compases de Lili Marleen, la única “Marlene” que conoce. Tilly aclara el malentendido, y el chico pregunta: “¿Quién es Marlene Dietrich?”. Tilli detuvo bruscamente el gramófono y quedó inmóvil unos instantes, dando la espalda al muchacho, encogida de hombros. Todos eran mucho más jóvenes que ella... Todos aquellos muchachos que llegaban con permiso a la ciudad, en busca de un poco de diversión, y que se tenían en aquella cama turca medio borrachos, como éste de ahora. No habían oído hablar de Marlene Dietrich. Había surgido una nueva generación. Al hablar de “generación” por boca de su personaje, Vicky Baum está pensando en los jóvenes educados durante la revolución cultural que impuso bruscamente el adoctrinamiento nazi. Tilli se da cuenta de que los grandes ídolos de la República de Weimar con los que ella había crecido, ídolos como la Marlene Dietrich que había alcanzado fama internacional en su papel de Lola-Lola, habían sido borrados de un plumazo por el nuevo régimen y olvidados con una rapidez inusitada. La voluntad de regeneración cultural de Hitler había logrado convertir en tabú los nombres que sólo una década antes estaban todavía en boca de todos. Ahora, para esta generación dotada de nuevos referentes, el nombre de “Marlene” ya no lleva a Lola, sino a Lili: a una cancioncilla de amor y de muerte cuyo aire sentimental y liviano patetismo le habrían dado pocas posibilidades de prosperar en la República de Weimar. Había hecho falta una guerra para sacarla del anonimato en que vegetaba desde que Hans Leip escribiera su poema en 1915. En 1974, un diario norteamericano advirtió, en un artículo sobre Lili Marleen, que la grafía empleada en inglés –“Lili Marlene”— difería premeditadamente del nombre alemán original. “¿Por qué? –se pregunta—. Porque los transcriptores ingleses la identificaron con Marlene Dietrich y con nadie más”. Esta ingenua –y falsa— aseveración forma parte de una leyenda que la misma Dietrich alimentó con fruición. También en 1974 –dos años después de que Lale Andersen hubiera muerto— dijo: “Por lo que yo sé, ahora yo soy la única artista que va a cantar esta canción en todo el mundo; después de todo, resulta que se trata de mi nombre”. Una curiosa foto tomada después de la guerra muestra a las dos rivales –Lale Andersen y Marlene Dietrich— con una espléndida sonrisa: por un lado la alemana que se acomodó a las reglas del régimen nazi y, por otro, la alemana que lo rechazó combativamente desde su nuevo hogar norteamericano. La alemana alegre y accesible junto a la alemana sofisticada, glamurosa e intocable.

  • Seebook
  • Idioma español
  • Traducción:
  • 225 páginas
  • Formato
  • EBOOK 9788415767626

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